… comienzos de libros …
―¡Ahí estás!
Con los brazos extendidos, casi se podría decir que abiertos de par en par, salió a su encuentro.
―¡Ahí estás! ―repitió de nuevo, y su voz recorrió esa escala que asciende cada vez más luminosa desde la sorpresa hasta la absoluta felicidad, mientras miraba la figura de la amada, rodeándola de ternura…
* Traducción: Roberto Bravo de la Varga
* Editorial: Acantilado
… De vuelta en Viena tras una visita a los barrios de la periferia, me vi inmerso de improviso en un chaparrón que, con húmedo látigo, perseguía a la gente obligándola a correr hasta los portales de las casas y otros refugios. Yo mismo busqué también, a toda velocidad, un techo que me amparara. Por fortuna, en Viena le espera a uno en cada esquina un café…
* Traducción: Berta Vias Mahou
* Editorial: Acantilado
… Existen seres humanos cuya vida es una sucesión tal de adversidades caídas de un cielo encapotado que, finalmente, parecen anestesiados frente a ellas; pero hay otros, por el contrario, que gozan de tal inmerecida dicha y son tan obstinadamente favorecidos que parece como si, en un momento dado, las leyes de la Naturaleza se hubiesen dado la vuelta para que la fortuna les sonriese solamente a ellos…
* Traducción: Carlos d’Ors
* Editorial: Nórdica
… En las vaciones de 189… emprendí una excursión por la montaña, con el propósito de olvidar durante algún tiempo la medicina, y especialmente la neurosis, propósito que casi había conseguido un día en que dejé el camino real para subir a una cima, famosa tanto por el panorama que dominaba como por la hostelería en ella enclavada…
* Traducción: Luis López-Ballesteros y de Torres
* Editorial: Siruela
… No podemos eludir la impresión de que el hombre suele aplicar cánones falsos en sus apreciaciones, pues mientras anhela para sí y admira en los demás el poderío, el éxito y la riqueza, menosprecia, el cambio, los valores genuinos que la vida ofrece…
* Traducción: Ramón Rey Ardid
* Editorial: Alianza
… En cuanto su hijo llegó al mundo, el señor y la señora Canker supieron que no era como los niños de otras personas.
Para empezar, nació con la dentadura completa, y permanecía durante horas en su cochecito royendo enormes huesos de cordero hasta hacerlos añicos, o les mordía la nariz a las ancianas damas que eran lo bastante idiotas como para besarlo. Por otro lado, aunque berreaba de furia cuando le cambiaban los pañales, en realidad los ojos nunca se le llenaban de lágrimas. Además, y quizá fuera lo más raro de todo, en cuanto lo llevaron a casa desde el hospital y encendieron un buen fuego en el salón, el humo de la chimenea salió en dirección contraria al viento…
* Traducción: Patricia Antón de Vez
* Editorial: Salamandra