Primera memoria (Ana María Matute)

… Mi abuela tenía el pelo blanco, en una ola encrespada sobre la frente, que le daba cierto aire colérico. Llevaba casi siempre un bastoncillo de bambú con puño de oro, que no le hacía ninguna falta, porque era firme como un caballo. Repasando antiguas fotografías creo descubrir en aquella cara espesa, maciza y blanca, en aquellos ojos grises bordeados por un círculo ahumado, un resplandor de Borja y aún de mí. Supongo que Borja heredó su gallardía, su falta absoluta de piedad. Yo, tal vez, esta gran tristeza…

* Editorial: Destino

Mientras dan las nueve (Leo Perutz)

… Aquella mañana, la señora Johanna Püchl, de la tienda de ultramarinos de la Wiesengasse, había salido de su establecimiento hacia las siete y media. El día no era bueno. Corría un aire húmedo y fresco, y el cielo estaba nublado. Justamente el tiempo apropiado para disfrutar de una copita de aguardiente de ciruela slibowitz. Pero la botella de slibowitz de la señora Püchl estaba prácticamente vacía, y la tendera decidió reservarse lo que quedaba —con lo que apenas se llenaría un vasito— para el almuerzo de las diez. Para mayor seguridad guardó la botella bajo llave en el armario de la cocina, porque su marido, que estaba reparando el carrito de reparto en el patio, sabía apreciar igual que ella un buen aguardiente…

* Traducción: Amalia Bosch Benítez
* Editorial: Destino

Publicado en: Austria, Destino, Leo Perutz. Opina

La puerta de la luna (Ana María Matute)

(LOS CUENTOS VAGABUNDOS)

Pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento. Ese cuento breve, lleno de sugerencias, dueño de un extraño poder que arrebata y pone alas hacia mundos donde no existen ni el suelo ni el cielo. Los cuentos representan uno de los aspectos más inolvidables e intensos de la primera infancia. Todos los niños del mundo han escuchado cuentos. Ese cuento que no debe escribirse y lleva de voz en voz paisajes y figuras, movidos más por la imaginación del oyente que por la palabra del narrador…

* Editorial: Destino

Réquiem por un campesino español (Ramón J. Sender)

… El cura esperaba sentado en un sillón con la cabeza inclinada sobre la casulla de los oficios de réquiem. La sacristía olía a incienso. En un rincón había un fajo de ramitas de olivo de las que habían sobrado el Domingo de Ramos. Las hojas estaban muy secas, y parecían de metal. Al pasar cerca, Mosén Millán evitaba rozarlas porque se desprendían y caían al suelo…

* Editorial: Destino

Aranmanoth (Ana María Matute)

… Durante los primeros años de su vida, cuando aún no le habían apartado de su madre, Orso creyó oír voces. Eran voces misteriosas y no humanas, voces que se adentraban en el silencio, que revoloteaban a su alrededor y se introducían en su mente encendiendo su curiosidad. De ellas hablaban las sirvientas en las noches junto al fuego, cuando el crepitar de los leños, el rumor de las ruecas y sus conversaciones permitían a Orso desvelar algunos de sus más escondidos secretos. Él respetaba esos secretos, los buscaba y los deseaba. Pero nunca llegó a desentrañarlos del todo ni a hacerlos suyos. Eran secretos de mujeres, y él no era más que un niño que sentía cómo la sed de conocimiento crecía en su interior…

* Editorial: Destino

Paraíso inhabitado (Ana María Matute)

… Nací cuando mis padres ya no se querían…

* Editorial: Destino

Las ratas (Miguel Delibes)

… Poco después de amanecer, el Nini se asomó a la boca de la cueva y contempló la nube de cuervos reunidos en consejo. Los tres chopos desmochados de la ribera cubiertos de pajarracos, parecían tres paraguas cerrados con las puntas hacia el cielo. Las tierras bajas de don Antero, el Poderoso, negreaban en la distancia como una extensa tizonera.
La perra se enredó en las piernas del niño y él le acarició el lomo a contrapelo, con el sucio pie desnudo, sin mirarla; luego bostezó, estiró los brazos y levantó los ojos al lejano cielo arrasado:
—El tiempo se pone de helada, Fa. El domingo iremos a cazar ratas…

* Editorial: Destino

1984 (George Orwell)

… Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él…

* Traducción: Rafael Vázquez Zamora
* Editorial: Destino

El príncipe destronado (Miguel Delibes)

Entreabrió los ojos y, al instante, percibió el resplandor que se filtraba por la rendija del cuarterón, mal ajustado, de la ventana. Contra la luz se dibujaba la lámpara de sube y baja, de amplias alas —el Ángel de la Guarda—, la butaca tapizada de plástico rameado y las escalerillas metálicas de la librería de sus hermanos mayores. La luz, al resbalar sobre los lomos de los libros, arrancaba vivos destellos rojos, verdes, azules y amarillos. Era un hermoso muestrario y en vacaciones, cuando se despertaba a la misma hora de sus hermanos, Pablo le decía: «Mira, Quico, el Arco Iris». Y él respondía, encandilado: «Sí, el Arco Iris; es bonito, ¿verdad?»…

* Ilustraciones: Adolfo Delibes Castro
* Editorial: Destino

Gente de letras

Ésta es una recopilación de comienzos de libros, tanto clásicos como contemporáneos, seleccionados según nuestros gustos. Esperamos que coincidáis con ellos en al menos un 90%.

Atentamente...

Fer, Paula, Xavier e Irina