Un cuarto propio (Virginia Woolf)

… Pero, dirán ustedes, nosotros le pedimos que hablara sobre las mujeres y la novela ―¿qué tendrá eso que ver con un cuarto propio? Intentaré explicarlo…

* Traducción: Jorge Luis Borges
* Editorial: Alianza

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Al faro (Virginia Woolf)

―Desde luego, si hace bueno mañana, desde luego ―dijo la señora Ramsay―. Pero habría que levantarse con el alba ―añadió.
A su hijo estas palabras le causaron un gozo extraordinario, como si asegurase que la excursión se llevaría a cabo sin falta y que tan sólo mediaban, pues, una noche oscura y una jornada de mar para poder alcanzar al fin aquel prodigio con el que le parecía haber estado soñando durante toda la vida…

* Traducción: Carmen Martín Gaite
* Editorial: Edhasa

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La señora Dalloway (Virginia Woolf)

… La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores…

* Traducción: María Lozano
* Editorial: Cátedra

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Orlando (Virginia Woolf)

… Él —porque no cabía duda sobre su sexo, aunque la moda de la época contribuyera a disfrazarlo— estaba acometiendo la cabeza de un moro que pendía de las vigas. La cabeza era del color de una vieja pelota de football, y más o menos de la misma forma, salvo por las mejillas hundidas y una hebra o dos de pelo seco y ordinario, como el pelo de un coco. El padre de Orlando, o quizá su abuelo, la había cercenado de los hombros de un vasto infiel que de golpe surgió bajo la luna en los campos bárbaros de África; y ahora se hamacaba suave y perpetuamente en la brisa que soplaba incesante por las buhardillas de la gigantesca morada del caballero que la tronchó…

* Traducción: Jorge Luis Borges
* Editorial: Alianza

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Las olas (Virginia Woolf)

… El sol aún no se había alzado. Sólo los leves pliegues, como los de un paño algo arrugado, permitían distinguir el mar del cielo. Poco a poco, a medida que el cielo clareaba, se iba formando una raya oscura en el horizonte, que dividía el cielo del mar, y en el paño gris aparecieron gruesas líneas que lo rayaban, avanzando una tras otra, bajo la superficie, cada cual siguiendo a la anterior, persiguiéndose una a otra, perpetuamente.
Al acercarse a la playa cada barra se alzaba, se amontonaba sobre sí misma, rompía y deslizaba un sutil velo de agua blanca sobre la arena. La ola se detenía, y después volvía a retirarse arrastrándose, con un suspiro como el del durmiente, cuyo aliento va y viene en la inconsciencia…

* Traducción: Andrés Bosch
* Editorial: Lumen

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Gente de letras

Ésta es una recopilación de comienzos de libros, tanto clásicos como contemporáneos, seleccionados según nuestros gustos. Esperamos que coincidáis con ellos en al menos un 90%.

Atentamente...

Fer, Paula, Xavier e Irina